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DISCÍPULOS Y MISIONEROS, UNA ACTITUD PARA CAMINAR

Daniel Nisttahuz

Del libro "Camino de Emaús con fe y esperanza"                                                    

del Abad benedictino
P. Mamerto Menapace,
Editora Patria Grande, Buenos Aires, 1977

Dinámica basada en las reflexiones sobre el texto evangélico.

La aparición de Jesús a los discípulos de Emaús (Lucas 24,13-35)

13 Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén.

14 En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.

15 Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos.

16 Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran.

17 Él les dijo: "¿Qué comentaban por el camino?". Ellos se detuvieron, con el semblante triste, 18 y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: "¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!".

19 "¿Qué cosa?", les preguntó. Ellos respondieron: "Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, 20 y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron.

21 Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas.

22 Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro 23 y, al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo.

24 Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron".

25 Jesús les dijo: "¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas!

26 ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?".

27 Y comenzando por Moisés y continuando con todos los Profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.

28 Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante.

29 Pero ellos le insistieron: "Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba". Él entró y se quedó con ellos.

30 Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio.

31 Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.

32 Y se decían: "¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?".

33 En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, 

34 y estos les dijeron: "Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!".

35 Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.


Material a utilzar: Siluetas recortadas de rocas, huellas, estrellas, figuras humanas.
Papel para preparar el fondo del mural. Marcadores o lápices. Música suave de fondo.

Puede irse leyéndose el texto con pausas para plantearse los interrogantes y compartir las propias respuestas. Cada etapa de la reflexión será como un alto en el camino y lo iremos poblando de gestos y símbolos.

Cada paso nos ayudará a abrir mas nuestros ojos y nuestro corazón siguiendo las huellas de los discípulos de Emaús para tratar de convertirnos nosotros mismos en discípulos y misioneros, peregrinando hacia el campamento del Gran Jefe.


Cleofás y su amigo 

Era en el atardecer de un domingo. Cleofás sentía el alma atorada de tristeza. El fracaso de su esperanza le dolía por dentro y no se animó a hacer solo ese camino que
lo llevaría de regreso a su pueblito. Por eso fue a invitar a su amigo para que lo acompañara a Emaús. La soledad del camino también indigesta el alma; sólo devuelve la calma sentirse con un amigo. Ya no tenían nada que esperar en Jerusalén.
Ellos se habían puesto en camino detrás de Jesús, el de Nazaret, esperando que fuera él quien liberaría a su pueblo.

Pero ya hacía tres días que lo habían matado: y en esa muerte había sucumbido también la esperanza de ellos. Estaban realmente desanimados. Por eso volvían a su pueblo en un triste regreso, conversando entre si de todo lo que había pasado. Pero por más vueltas que le daban al asunto, no le encontraban sentido a todo lo que había sucedido aquellos días en Jerusalén.

Y en ese pasar y repasar los sucesos, por momentos la bronca se adueñaba de sus corazones y la conversación se volvía discusión.

Y así, sin saberlo, iban creciendo hasta ese momento que el Señor esperaba para intervenir. El momento en que la bronca sube al corazón del desanimado, y convierte su desánimo en desesperación.

Porque el Señor Dios sabe muy bien que es casi imposible hacer nacer la esperanza en el corazón de un desanimado. El desanimado ya no encuentra más motivos para seguir luchando. Y a través de la bronca el Señor Dios lo quiere conducir, haciéndolo crecer hasta en la desesperación.

La desesperación es el carecer de esperanza, es el necesitarla urgentemente. La desesperación es combativa inquieta busca apasionadamente discute. Y el Señor Dios sabe que la esperanza más auténtica es la que nace de la desesperación superada.

Sobre la pared  Colocar un papel blanco de aproximadamente 2 metros por 1,50.

Alguien se levantará y trazará en el mismo la silueta de un camino...

Qué situaciones nos desesperan, nos producen enojo, nos llaman a intervenir, nos llevan a discutir...

  • en la vida diaria...
  • en nuestra familia…
  • en la tarea dirigente... 
  • en nuestra relación con los otros. 

Sobre una mesa Tendremos marcadores, lápices y las siluetas previamente recortadas de piedras que serán empleadas para que  quien lo desee coloque en ellas una palabra de aquellas situaciones que vivimos como piedras de desesperanza.

En la misma huella

Y sin embargo en el amanecer de ese mismo día que ahora atardeció, el Señor había resucitado. Jesús de Nazaret estaba vivo y glorioso. Sin que ellos hubieran hecho nada para que ello sucediera. Dios Padre había resucitado a Jesús.

Precisamente eso que los dos amigos creían haber perdido definitivamente, la persona de Jesús, ya estaba resucitada y tenía todo poder en el cielo y en la tierra. Tenía incluso el poder de devolverles a ellos la alegría y el sentido de sus vidas y la fuerza para jugarla detrás de un ideal que iba a conquistar el mundo entero. Alguien tenía en sus manos la respuesta que ellos desesperadamente buscaban sin creer ya que la podrían encontrar.

Pero Jesús necesitaba que estos dos hombres llegaran hasta esa  crisis de su esperanza. Quería que esos dos amigos recorrieran juntos ese camino de atardecer hasta el fondo de su negrura, para encontrarse con ellos precisamente allí.

Porque Jesús ya los acompañaba y les escuchaba en sus discusiones y sus broncas, sus porqué sin respuesta, y sus silencios cargados de tristeza. El mismo les había oscurecido la mirada para que no lo reconocieran, porque necesitaba que la noche les dilatara las pupilas para aprender a caminar en la fe rescatando la luz que hay en toda noche.

Mientras ellos conversaban y discutían el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos. Pero sus ojos estaban retenidos para que no lo conocieran.

Y Jesús les preguntó:

— ¿De qué discuten mientras van caminando?

¿Qué luces aparecen en medio de nuestras desesperanzas? 

¿Qué gestos rescatan en nuestros momentos oscuros la presencia de Jesús? 

Poblaremos de estrellas nuestro paisaje en el papel.

Alguien colocará una estrella grande con el nombre de Jesús.

Luego en otras el que desea escribirá las situaciones o gestos que nos dan regalos de esperanza.

Nosotros esperábamos

El Señor Dios a veces necesita hacerse el ingenuo, el que nada sabe de nuestras amarguras y desilusiones, para animarnos a que iniciemos con él un diálogo a través del cual quiere darnos la respuesta que nosotros nunca lograríamos encontrar mediante nuestro solo esfuerzo.

Pero se hace necesario que nos animemos a abrirle la amargura de nuestro corazón. Aunque más no sea para decirle con reproche:

— ¿Es que vos sos el único que no sabe lo que está pasando?

Y el Señor Dios sigue con su juego de hacerse el ingenuo:

— ¡Qué! ¿Qué cosa?

Lo de Jesús de Nazaret. El que suscitó tantas esperanzas, que ahora están hechas trizas. Nosotros esperábamos que fuera él quien liberaría a nuestro pueblo. Pero lo han liquidado: y ya van para tres días que todo terminó.

Cierto, hay unas mujeres que nos han venido con el cuento de qué la tumba está vacía, y de que no sé qué ángeles les comentaron que el estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron a fijarse, y realmente encontraron la tumba vacía, pero lo que es a Jesús, no lo vieron.

Los dos amigos largan de un tirón el carozo de su mascada. En el fondo son siempre las dos mismas cuestiones fundamentales que acompañan a toda desesperación. Por un lado la tumba vacía, que no prueba nada, pero que deja con la espina. En todo caso quita la posibilidad de descartar el problema. Porque casi siempre el Señor Dios prepara su diálogo con nosotros obligándonos a aceptar la tumba vacía. Quitándonos la seguridad de algo.

¡Cuántas veces no es la tumba vacía, sino el vacío que uno siente en la vida, aquello que nos obliga a entrar en diálogo con el Señor Dios. Aunque más no sea que para dirigirle nuestro reproche!

Pero por otro lado, la tumba vacía no es ningún argumento. Ellos quisieran ver algo: quisieran verlo al Señor. Ya Felipe le había dicho a Jesús en la Última Cena:

— Mostrános al Padre, y eso nos alcanza.

Nosotros también quisiéramos ver a Dios. Nos parece que con eso se nos acabarían todos los problemas de fe y de esperanza.

Y sin embargo, el Señor Dios no piensa lo mismo.

El camino de las Escrituras

Porque el actuar del Señor Dios no tiene nada de dulzón ni novelero. Dios toma las cosas en serio. Porque es el único que toma al hombre en serio. Jesús no quiere regalarles una respuesta que los consuele. Quiere que ellos descubran la verdad de los sucesos  para que se animen a corajear un camino.


Comienza por reprocharles: ¡Pucha que son torpes para entender todo  lo que dijeron los profetas! ¿No se dan cuenta de que era necesario que sucediera todo esto, que  Cristo padeciera, para entrar así en su gloria?
Y entonces empezó a explicarles las Escrituras. Y arrancando por el principio, allá por los tiempos viejos, fue recorriendo con ellos todos aquellos personajes a quienes Dios embretó por los senderos de la fe arreándolos detrás de una esperanza. 

La palabra del Señor Jesús fue haciendo desfilar ante sus ojos las figuras de los grandes patriarcas, y de todos aquellos hombres y mujeres, jóvenes y viejos, a quienes les tocó caminar por esta misma senda antes que a nosotros. Junto a Cleofás y a su amigo, el Señor Jesús nos invita también hoy a nosotros a correr este mismo sendero de Emaús con una fe esperanzada que quiere ir creciendo a medida que nuestros ojos se abran y que nuestro corazón comience a arder, al ir entendiendo el sentido profundo del actuar del Señor Dios en la historia de nuestro pueblo..

Quédate con nosotros

Con los ojos como un dos de oro, Cleofás y su amigo habían escuchado el largo relato que Jesús les había hecho vivir al llevarlos por el sendero de las Escrituras. Sentían que esa Palabra les había ido bajando hasta lo hondo del corazón dolorido y que allí algo comenzaba a arder.

Le estaban empezando a encontrar sentido a todo eso que hasta allí les había parecido absurdo. Y se entusiasmaron.

Pero justamente allí acababa el camino de los dos amigos. Jesús hizo como que quería despedirse y seguir. Necesitaba que ahora fueran ellos los que tomaran la iniciativa de invitarlo a quedarse. Y lo obligaron a quedarse.

Porque a veces tenemos que obligarlo a Dios a quedarse. No basta con invitarlo. Sobre todo cuando anochece.

Al revés de lo que hacemos tantas veces: que cuando anochece en nuestra vida y todo se nos hace más oscuro, en lugar de invitarlo al Señor más bien lo rechazamos, nos alejamos de Él.

Dejamos así de participar de los sacramentos, de escuchar su Palabra, de compartir la mesa de la familia de Dios. Y así seguimos por el mundo con los ojos cerrados no viendo más que la negrura que nos rodea, mendigando un consuelo que sólo nos lo dan de lástima.

Al partir el pan

Jesús entró para quedarse con ellos. Y casi sin darse cuenta, los dos amigos recibieron en su casa e invitaron a su mesa al mismo que creían definitivamente perdido para ellos.

Fue el hambre de seguir escuchando la Palabra de Dios lo que les permitió cenar con el mismo Jesús sin darse cuenta. Fue el deseo de seguir escuchando a ese Desconocido que les hacía arder el corazón cuando les explicaba las Escrituras.

De repente el Desconocido tomó entre sus manos el pan, pronunció la bendición y se lo repartió. Y en ese gesto tanta veces visto por ellos cuando Jesús aún vivía, y que en la última Cena había estado tan cargado de contenido, ellos descubren finalmente quién es ese Desconocido. Se les abrieron los ojos y lo reconocieron.

Pero antes de que pudieran atinar a nada, Jesús ya estaba ausente. Tenían la absoluta certeza de haberlo visto y de haberlo reconocido en ese gesto familiar, que es nuestra Eucaristía. Y sobre todo la certeza se apoyaba en lo que sentían por dentro en ese momento, y que ya les había impresionado mientras escuchaban las explicaciones de las Escrituras por el camino.

Sentían en el corazón la alegría de la paz. La vida volvía a tener sentido para ellos.


Desandando la noche

Ahí nomás se levantaron y se volvieron a Jerusalén, desandando en la noche el mismo camino que los había traído en el atardecer.

Volvieron hacia sus hermanos, a los que ya creían haber abandonado para siempre. Ahora al haber descubierto que el Señor estaba resucitado, sienten la imperiosa necesidad de ir a reencontrarse con sus hermanos para anunciárselo.

Siempre sucede así. Cuando un desesperado descubre al Dios que vuelve a darle sentido a su vida,  siente por dentro la necesidad de regresar a los suyos para anunciarlo. La esperanza, que es fruto de la desesperación superada, siempre construye una comunidad y la mantiene unida.

¡Es verdad: el Señor ha resucitado!

¡Y se ha aparecido a Simón!

Ellos creían haber traído la novedad del anuncio, y se encontraron con que sus hermanos tenían para ellos la misma noticia asombrosa que ellos traían para comentarles.

Y aún estaban hablando de esto, cuando sintieron que Jesús estaba allí entre ellos anunciándoles la paz. Pidiéndoles que no tuvieran dudas ni miedo.

  • Así como está el grupo construyendo un paisaje, se invita aquí a construir una oración, la que surge del corazón cuando se abren para nosotros las certezas que el Señor esta aquí en medio de nuestra vida. 

La misión

Sin embargo el Señor debía irse. La vida de los apóstoles no seria un seguir gozando de la presencia del Señor Resucitado. Ahora comenzaba para ellos una misión.

La de llevar el anuncio a todos los pueblos.

Para eso el Señor les abrió la inteligencia para que comprendieran las Escrituras, y les dijo:

Estaba escrito que el Cristo debía padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día,  y que en su Nombre se habría de predicar la conversión para el perdón de los pecados a todas las naciones, empezando por Jerusalén.

Pero Jesús no quiere que partan inmediatamente. Les manda que permanezcan unidos, rezando y alabando a Dios, con María y las demás mujeres. Que esperen que el Espíritu Santo los llene con su fuerza, con la fuerza de Dios, que es la única que puede darnos el coraje para levar su anuncio hasta los confines de la tierra.

"Ustedes son mis testigos"

La esperanza conquistada encierra siempre una misión.

  • Cada uno de nosotros es un testigo. Cada uno llamado por su nombre. 
  • Con el gesto de tomar una silueta, escribir en ella el nombre propio y colocarla en el paisaje, nos ponemos en camino... 
  • Para anunciar la Buena Nueva 
  • Para crecer a partir de creer
  • Para servir
  • Para hacer el camino
  • Para proclamar la alegría del Dios con nosotros. 
  • Para estar ¡Siempre Listos!

Cerramos con una canción.